El cuadro era bastante deprimente, pequeños calabozos ocultos en un bunquer.
Había allí seis pequeñas celdas, en cada celda un esqueleto humano, casi todos sentados en el rincón, en la colchoneta o en el mismo suelo. Otro estaba acostado.
Lo curioso es que las celdas, estaban todas abiertas; ingresamos por accidente, después de haber caminado más de seis horas y cuando nos sentíamos perdidos entre la maleza de aquéllas montañas.
Vimos una pequeña puerta en rejas en la parte más alta de una colina.
Subimos y como pronto habría de oscurecer, no dudamos podría ser nuestro refugio aquella noche.
Ingresamos y el aroma a hojas secas y a tierra húmeda, "nos invitó" a sentarnos en lo que parecía haber sido una habitación.
Prendimos una pequeña hoguera y preparamos café y algo de pan comimos.
Estábamos agotados, toldillo, carpa y colchoneta y el sueño se apoderó instantáneamente de nuestros cansados cuerpos.
Como siempre nunca recordaremos el instante exacto de pérdida de conocimiento, despertar fue como si nacer fuese un castigo.
La luz del sol empezaba a ingresar por una grietas, levantados decidimos salir para observar lo maravilloso de un nuevo día, preparar lo que representa un desayuno y alistar equipaje para seguir adelante. La verdad estábamos estraviados.
Sandra sugirió que ingresaramos nuevamente a la modesta caverna y así lo hicimos.
Ya la luz del sol se apoderaba del lugar que había sido nuestra habitación.
Vimos claramente como una forma de media luna estaba siendo invadida por la maleza, retiramos de allí las hojas y bejucos, había tras esa llamada media luna, una escalera en concreto que conducía hacia el fondo, todo era muy oscuro y algo tenebroso, las buenas baterías de las linternas eran la mayor seguridad que nos llenaba de coraje para ingresar más allá.
No hablamos porque se hacía un eco muy poco agradable.
Sandra en verdad era más corajuda.
Fue la que inicio el descenso.
Bajé tras ella y ocho o diez escalones abajo la firmeza del suelo nos permitió sentir que algo extrañamente poderoso habría de suceder.
Vimos lo que sería la primera selda, una reja, un pocillo en una mesa, una cadena y unos libros sobre la misma mesa, y cuando la luz de la linterna llegó al fondo de aquel deprimente lugar, Sandra grito y casi muero del susto.
Los restos de un prisionero estaban sobre la colchoneta podrida, claramente estaba sentado, con las blancas canillas de hueso recogidas.
Como si se hubiese quedado dormido por siempre.
Seguidamente había otra celda y así cuatro más seguidamente.
Todas tan pequeñas en un mismo pasillo y las puertas abiertas.
Cada celda guardaba una historia humana por descubrir.
Una historia humana que seguramente ya a nadie le importaría.
Pero que dejaba abierto un nuevo motivo para investigar.
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